Arqueología molecular: cómo confirmaron que romanos usaban heces como medicina

Un equipo de investigadores turcos analizó químicamente un frasco medicinal del siglo II d.C. y encontró algo sorprendente: los antiguos romanos realmente usaban excrementos para tratar enfermedades, mezclándolos con hierbas aromáticas para disimular el olor. Este hallazgo, publicado en el Journal of Archaeological Science: Reports, es la primera prueba directa de una práctica que los textos clásicos solo mencionaban en teoría.
La medicina romana: entre la teoría y la práctica
Durante siglos, los historiadores sabían que autores como Plinio el Viejo escribieron sobre el uso de excrementos con propósitos terapéuticos. Sin embargo, había un problema fundamental: nadie podía probar que estas recomendaciones llegaran realmente a los pacientes. La medicina antigua era, en muchos aspectos, una mezcla de fórmulas teóricas que no siempre se aplicaban en la práctica, similar a cómo hoy vemos tratamientos prometedores que nunca traspasan los laboratorios.
El Imperio Romano había logrado algo impresionante para su época: construyó sofisticadas redes de alcantarillado y edificios públicos dedicados a la higiene como las termas y letrinas. Esto demuestra que entendían la importancia de la salubridad, aunque carecían del conocimiento bacteriológico para realmente comprenderla. A pesar de toda esa infraestructura, Roma seguía siendo una ciudad donde la contaminación fecal era un problema cotidiano, y el olor a excrementos era prácticamente omnipresente.
Este contraste entre infraestructura avanzada e ignorancia científica es lo que hace fascinante el descubrimiento: los médicos romanos observaban que ciertos compuestos fecales parecían ayudar a sus pacientes, aunque no comprendían por qué. Hoy sabemos que tenían más razón de la que imaginaban.
La tecnología que desveló el secreto de la antigüedad
En 2020, Cenker Atila, profesor de arqueología de la Universidad de Cumhuriyet en Turquía, examinaba frascos antiguos almacenados en el Museo de Pérgamo cuando notó algo inusual: varios recipientes de vidrio del siglo II aún contenían costras de residuos. Decidió investigar qué había en su interior, seleccionando un frasco con forma de candelabro llamado unguentarium, que normalmente guardaba perfumes o maquillaje.
El análisis empleó una técnica de vanguardia llamada cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas (GC-MS). Este método permite identificar y cuantificar moléculas específicas dentro de mezclas extremadamente complejas con una precisión excepcional. Es el tipo de tecnología que hoy se usa en toxicología forense, análisis de drogas y control de calidad en la industria farmacéutica colombiana.
Los resultados fueron contundentes: el análisis detectó coprostanol y 24-etilcoprostanol, biomarcadores que solo se producen durante la digestión humana y animal. En otras palabras, los científicos encontraron trazas químicas inequívocas de materia fecal. Además, el frasco contenía carvacrol, el compuesto aromático característico del tomillo. La interpretación es clara: los médicos romanos deliberadamente mezclaban heces con hierbas de olor intenso para enmascarar el desagradable aroma, haciendo el tratamiento más soportable para los pacientes.
La ubicación del hallazgo añade contexto fascinante. El frasco proviene de Bergama, la antigua Pérgamo, ciudad natal de Galeno, el médico más destacado del Imperio Romano. Galeno vivió entre 129 y 216 d.C., un período que coincide exactamente con la datación del recipiente. Es probable que este frasco fuera elaborado durante la era en que Galeno desarrollaba sus teorías médicas.
Impacto en Colombia y Latinoamérica
Este descubrimiento tiene relevancia directa para la investigación científica en Colombia y la región. Instituciones como la Universidad Nacional, la Universidad de Antioquia y centros de investigación en Bogotá trabajan constantemente en arqueología experimental y análisis de materiales antiguos. El caso romano muestra la importancia de invertir en tecnología de análisis químico avanzado, herramientas que no solo sirven para desvelar secretos arqueológicos, sino que tienen aplicaciones directas en medicina forense, seguridad alimentaria y desarrollo de nuevos tratamientos.
Además, en Latinoamérica seguimos enfrentando desafíos similares a los que enfrentó Roma: ciudades con infraestructura sanitaria limitada en algunas zonas, alta carga de enfermedades gastrointestinales y limitado acceso a medicamentos innovadores. Entender cómo civilizaciones antiguas adaptaron soluciones con los recursos disponibles puede inspirar investigación en tratamientos alternativos. De hecho, la medicina moderna ya está validando lo que los romanos descubrieron empíricamente: los trasplantes de microbiota fecal son ahora un tratamiento establecido para infecciones intestinales graves como las causadas por Clostridioides difficile.
Qué esperar de estos hallazgos
Este descubrimiento refuerza una lección importante: la historia de la medicina no es simplemente un registro de errores corregidos, sino de observaciones prácticas que la ciencia moderna está validando. Los romanos, sin entender bacteriología, descubrieron que los excrementos contenían compuestos bioactivos. Hoy podemos aislar, purificar y estudiar esos compuestos de manera segura y eficaz.
Para el campo de la arqueología y la arqueología molecular, este caso ejemplifica cómo la colaboración entre arqueólogos, químicos analíticos e historiadores médicos puede revelar verdades sobre el pasado que los documentos escritos nunca nos dirían por completo. A medida que más laboratorios en América Latina inviertan en estas tecnologías de análisis, probablemente desvelaremos secretos similares de nuestras propias civilizaciones prehispánicas, que sin duda desarrollaron sus propias soluciones innovadoras frente a los desafíos de salud de su época.
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