Filosofía azteca: el secreto de la felicidad no es el placer

La civilización azteca precolombina desarrolló una filosofía única sobre la felicidad que desafía nuestra comprensión moderna del bienestar. Lejos de buscar placer constante, los aztecas creían que lo que realmente necesitamos es una existencia que tenga significado y esté firmemente enraizada en múltiples aspectos de la vida.
Una lección que viene de hace cinco siglos
El profesor de filosofía Lynn Sebastian Purcell realiza cada semestre el mismo experimento en sus clases: lee el pasaje de la Odisea donde Ulises rechaza la inmortalidad y una vida de placeres infinitos junto a la ninfa Calipso para regresar en busca de su familia. Luego pregunta a sus estudiantes cuántos harían lo mismo. La respuesta es consistente: prácticamente ninguno.
Lo interesante es que esta misma pregunta fue resuelta hace más de quinientos años por una civilización que vivía a miles de kilómetros del mar Mediterráneo. Los aztecas precolombinos no solo enfrentaban esta pregunta filosófica, sino que la respondieron de manera radical: eligieron el camino de Ulises. Para ellos, una vida de puro placer sin propósito no era lo que la humanidad realmente buscaba.
Purcell ha documentado esta filosofía a través de los códices y textos que se preservaron, especialmente gracias a registros realizados por sacerdotes católicos durante el siglo XVII. Aunque muchos textos jeroglíficos fueron destruidos durante la conquista española, la sabiduría azteca sobrevivió en documentos como el Códice Florentino del fraile Bernardino de Sahagún.
La vida "que valga la pena" frente al simple placer
Para los aztecas, la verdadera meta no era alcanzar la máxima felicidad o vivir en placeres constantes. Su objetivo era lograr lo que llamaban "neltiliztli": una vida arraigada, afianzada y con propósito. Este concepto iba mucho más allá del hedonismo que Occidente ha perseguido durante siglos inspirado en filósofos como Epicuro.
Los textos que se conservan revelan que los aztecas tenían una visión particular de la existencia humana. Consideraban que vivimos en un mundo inherentemente inestable, donde todo es resbaladizo como tierra mojada. La vida es breve, está llena de incertidumbre y resulta casi imposible controlar todos sus aspectos. Como reza uno de sus dichos: "resbaladiza, resbaladiza es la tierra". En este mundo inestable, la alegría viene siempre mezclada con dolor y contratiempos.
La pregunta que se hacían era entonces: ¿cómo afrontar esta existencia compleja y paradójica de forma que valga la pena vivirla? La respuesta fue desarrollar una ética basada en cuatro niveles de arraigo que permitían a las personas construir una vida con fundamentos sólidos, incluso en terreno pantanoso.
Los cuatro pilares de la vida enraizada
El primer nivel consiste en enraizarse en el propio cuerpo. Los aztecas entendían que descuidar la salud física era un error fundamental. Practicaban regularmente actividades para fortalecer y estirar el cuerpo, un régimen que guarda similitudes con prácticas contemporáneas como el yoga. Valoraban el movimiento, la disciplina corporal y el cuidado físico como base para cualquier vida significativa.
El segundo nivel era el arraigo psicológico o emocional, que buscaba un equilibrio entre el corazón (los deseos) y la cabeza (la razón). Los textos aztecas aconsejan: "Solo en el medio se puede ir, solo en el medio se puede vivir". Esta búsqueda del equilibrio interior era fundamental para evitar ser arrastrado por impulsos sin control o paralizado por el exceso de análisis.
El tercer nivel involucraba el arraigo en la comunidad. Los aztecas reconocían que somos criaturas sociales que necesitamos conexión con otros. Vivir arraigado significaba cumplir un rol activo en la sociedad, participar en la vida comunitaria y entender que nuestras acciones afectan a quienes nos rodean. No era suficiente estar bien consigo mismo; había que contribuir al bienestar colectivo.
El cuarto y más abstracto nivel era el arraigo en el teotl, el ser divino y único de la existencia. Para los aztecas, dios no era una entidad separada sino la naturaleza misma en todas sus formas. Este arraigo se lograba principalmente de manera indirecta, a través de los tres niveles anteriores, aunque actividades como la poesía filosófica ofrecían una conexión más directa con este nivel existencial.
Impacto y relevancia para Colombia y Latinoamérica
Para las sociedades latinoamericanas, esta filosofía azteca ofrece una perspectiva valiosa en momentos de incertidumbre económica y social. En Colombia, donde convivimos con desafíos constantes de seguridad, desempleo y cambio climático, la pregunta sobre qué realmente queremos de la vida cobra particular relevancia. La filosofía azteca nos invita a repensar nuestro enfoque obsesivo en el consumo y el placer material, y a preguntarnos en cambio cómo construir vidas que tengan raíces profundas: en nuestros cuerpos, nuestras emociones, nuestras comunidades y nuestro propósito existencial.
Esta sabiduría es especialmente pertinente para la región porque proviene de nuestra propia historia. Los aztecas fueron parte del legado precolombino que compartimos con civilizaciones mesoamericanas que también influyeron en territorios actuales. Reconocer y estudiar esta filosofía es, en cierto modo, recuperar parte de nuestra identidad intelectual y reconocer que la búsqueda de significado y arraigo no es una idea moderna, sino un anhelo profundamente humano que nuestros antepasados ya habían identificado y teorizado.
Una invitación a repensar qué es vivir bien
La contribución de los aztecas a la filosofía mundial demuestra que la reflexión sobre cómo vivir bien no fue monopolio de Occidente. Durante siglos, Occidente buscó las respuestas en Aristóteles, Confucio, Russell y otros pensadores europeos y asiáticos. Pero mientras tanto, una civilización a miles de kilómetros ya había desarrollado un sistema ético completo que ofrece respuestas distintas y valiosas.
El mensaje central es claro: no renunciemos a la busca de una vida mejor, pero cuestionemos si esa mejora debe medirse únicamente en términos de placer, riqueza o felicidad hedonista. La filosofía azteca nos sugiere que Ulises tenía razón al abandonar a Calipso. Una existencia eterna de placeres sin propósito, sin conexión con nuestros cuerpos, nuestras emociones, nuestras comunidades y nuestro ser más profundo, simplemente no vale la pena. En cambio, una vida enraizada en estos cuatro niveles, incluso si es más breve y contiene dolor, es infinitamente más valiosa.
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