La semana pasada, un cohete Falcon 9 de SpaceX despegó desde California cargando algo inusual en su bodega: un pequeño satélite con una TPU (Tensor Processing Unit) de Google a bordo. No es una misión publicitaria. Google está poniendo a prueba una idea ambiciosa que las grandes tecnológicas llevan tiempo rumiando: ¿y si ponemos centros de datos en el espacio?
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La apuesta: infraestructura IA en órbita
El proyecto se llama Suncatcher y funciona como un experimento controlado. El satélite fue construido por Planet Labs y viajó en una misión compartida de SpaceX que transportaba más de 100 cargas distintas. El objetivo suena simple en teoría, complejo en la práctica: verificar que un chip de procesamiento de IA puede trabajar de forma confiable en el espacio sin sufrir desperfectos.
¿Por qué alguien querría poner un centro de datos en órbita? La lógica es pragmática. Los centros de datos terrestres devoran enormes cantidades de energía, generan calor incesante, requieren sistemas de refrigeración sofisticados y despiertan resistencia local. En las ciudades donde Google, Meta o Amazon quieren expandirse, los vecinos y gobiernos locales a menudo oponen resistencia. El espacio, al menos en papel, soluciona el problema de la oposición local — aunque introduce otros muchísimo más difíciles.
Los retos técnicos: frío, energía y radiación
Google confirmó contacto con el satélite y que está funcionando “según lo previsto”, según declaró Travis Beals, director senior de Suncatcher. Pero apenas es el primer paso en un proceso donde casi todo puede salir mal.
El primer obstáculo es la refrigeración. En la Tierra, el aire disipa constantemente el calor. En el espacio, no hay aire. Los ingenieros de Google desarrollaron un nuevo método para disipar el calor que se está probando en esta misión. La estrategia inicial será encender el chip en ráfagas cortas para no sobrecargar los sistemas de energía y refrigeración del satélite.
El segundo desafío es la radiación. Google expuso sus chips a un haz de protones en la Universidad de California en Davis para simular la radiación espacial que recibirían en órbita. Los resultados iniciales fueron “notablemente buenos”, pero cuando el equipo repitió las pruebas con un montaje que reflejaba más fielmente las condiciones reales del espacio, descubrieron tasas de error ligeramente más altas. Según Beals, la tasa de error es baja para operaciones típicas de IA (responder consultas de usuarios), pero podría ser problemática en entrenamientos grandes, donde miles de chips funcionan durante meses — allí, esos errores se multiplican.
El costo: el verdadero cuello de botella
Toda la viabilidad de esta idea depende de un factor que Google no controla completamente: el precio de los lanzamientos espaciales. Las proyecciones de Google asumen reducciones significativas en costos de lanzamiento. Para que eso ocurra, los cohetes reutilizables tendrían que alcanzar frecuencias de vuelo sin precedentes.
Aquí viene lo complejo: la brecha entre lo que Google necesita y lo que la ingeniería espacial actual puede entregar es descomunal.
La carrera: Google no está solo
Google no es el único persiguiendo esta idea. SpaceX tiene sus propios planes de centros de datos orbitales. OpenAI y xAI también exploran versiones similares. Hay un detalle interesante en esta dinámica: Google es uno de los mayores inversores externos de SpaceX. Compiten en IA pero colaboran en infraestructura. Es un acuerdo pragmático.
Google concibe Suncatcher como un proyecto de más largo plazo. La visión final es una constelación de satélites volando en formación cercana y trabajando conjuntamente. El siguiente paso es lanzar satélites adicionales que se comunicarán entre sí mediante láser — algo planeado para el futuro.
Las objeciones: escepticismo razonable
No faltan expertos que señalan los riesgos. El costo de los lanzamientos sigue siendo prohibitivo incluso con las promesas de reducción. Se necesitarían chips y sistemas de refrigeración especializados que aún están en fase de desarrollo. Y existe una preocupación menos glamorosa pero válida: la basura espacial. La órbita baja terrestre ya está congestionada, y estas constelaciones de satélites agravan el problema.
Hay otro punto que suena menor pero no lo es: la contaminación lumínica. Grandes constelaciones de satélites pueden afectar la observación astronómica — un precio que la comunidad científica considera alto.
El experimento de Google no responde si esta idea es viable. Solo empieza a hacer la pregunta.
Con información de Xataka.
Imagen: NASA