Gadgets y Hardware

81 años sin paz: cómo 4 islas mantienen congelado a Japón y Rusia

81 años sin paz: cómo 4 islas mantienen congelado a Japón y Rusia

En agosto de 2026, Vladimir Putin pisó por primera vez una isla que Japón considera suya desde 1945. Ese gesto fue más que un viaje: fue el recordatorio de que entre estos dos países existe una anomalía geopolítica única en el mundo moderno. Japón y Rusia llevan más de ocho décadas sin firmar el tratado de paz que debería haber cerrado la Segunda Guerra Mundial.

Índice
  1. El conflicto que no murió con la guerra
  2. Decenas de intentos, ningún resultado
  3. Cuando Ucrania cambió las reglas
  4. Una presencia física que lo dice todo

El conflicto que no murió con la guerra

Mientras el resto del mundo cerraba capítulo en 1945, las cosas quedaron diferentes para Tokio y Moscú. La Unión Soviética entró en guerra contra Japón en las últimas semanas del conflicto y ocupó cuatro islas —Kunashiri, Etorofu, Habomai y Shikotan— justo cuando los japoneses se rendían. Esos territorios, conocidos en Japón como los Territorios del Norte, albergaban entonces alrededor de 17.000 habitantes dedicados principalmente a la pesca, con escuelas y comunidades establecidas.

Lo que pasó después fue típico de esa época: ocupación militar, expulsión de civiles, llegada de nuevos pobladores soviéticos. Japón nunca aceptó esa incorporación. Rusia sostiene que fue legítima como resultado de la guerra. Esa incompatibilidad quedó congelada, literalmente, en el tiempo.

En 1956, ambos países firmaron una declaración conjunta que formalmente puso fin al estado de guerra y restauró relaciones diplomáticas. Pero aquí viene lo extraño: dejaron fuera el verdadero tratado de paz. La fórmula era parcial: Moscú aceptaba devolver Habomai y Shikotan después de que se firmara ese tratado pendiente, pero las diferencias sobre Kunashiri y Etorofu quedaban sin resolver. Nunca pasó nada de eso.

Decenas de intentos, ningún resultado

Lo curioso es que Japón y Rusia comercian, tienen relaciones diplomáticas funcionales, y llevan generaciones sin combatir. Simplemente no cierran ese tratado. Cada tanto resurge la esperanza. En 2001, Putin y el primer ministro japonés de entonces, Yoshiro Mori, reconocieron nuevamente la declaración de 1956 como punto de partida. Fue promesa sin ejecución.

Cuando Shinzo Abe regresó al poder en 2012, convirtió el acercamiento con Rusia en una de sus apuestas diplomáticas más importantes. Se reunió con Putin alrededor de veinte veces. Impulsó cooperación económica. Incluso trató de mantener margen de maniobra con Moscú después de la anexión de Crimea en 2014, buscando no perder la oportunidad de resolver las islas. Nada funcionó. Mientras tanto, Rusia fue militarizando gradualmente los territorios, dejando cada vez más claro que no pensaba devolverlos en los términos que Tokio pedía.

Cuando Ucrania cambió las reglas

La invasión de Ucrania en 2022 fue el punto de quiebre que nadie esperaba. Japón se sumó a las sanciones contra Moscú y endureció su lenguaje sobre los Territorios del Norte. Rusia respondió suspendiendo las negociaciones del tratado y, más dolorosamente para miles de japoneses, canceló los programas que permitían a antiguos residentes y sus descendientes visitar las islas y los cementerios de sus familias.

Cuatro años después, las relaciones siguen tensas. Japón mantiene que quiere resolver la soberanía de los cuatro territorios para concluir el tratado, pero reconoce públicamente que la situación bilateral atraviesa un momento “especialmente complicado”.

Una presencia física que lo dice todo

El viaje de Putin a Etorofu en agosto de 2026 fue más que un acto simbólico. Fue la materialización de una posición: Rusia administra esas islas, las militariza, y ahora las visita de manera oficial. Japón protestó inmediatamente. Rusia acompañó el viaje con ejercicios militares en la zona. Sobre el papel, existe negociación. Sobre el terreno, la realidad es otra.

En Nemuro, una ciudad pesquera en el extremo oriental de Hokkaido, la distancia entre Japón y las islas es de apenas 3,7 kilómetros. En días claros, se ven desde la costa. Allí viven algunos de quienes fueron expulsados siendo niños décadas atrás. Quedan unos 4.700 antiguos residentes en todo Japón, con una edad promedio cerca de los 90 años. Ya no pueden visitar los cementerios. Algunos rezan y dejan flores desde barcos, mirando hacia aguas que no pueden cruzar.

Japón considera la reanudación de esas visitas una de sus prioridades inmediatas con Moscú. Es, probablemente, lo único que podría mover el tablero ahora. Pero con Rusia militarizando la zona y el conflicto ucraniano sin resolverse, esa firma pendiente parece cada vez más lejana.

Con información de Xataka.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *