Fernando Durán tiene 42 años y es uno de los últimos habitantes vivos que recuerda cómo era Río Tinto antes de que la mina se lo tragara. Dentro de un edificio vacío que custodia en Huelva, una maqueta reconstruye casa por casa el pueblo que nació en el siglo XVIII y fue sepultado entre 1984 y 1986 bajo los estériles de la explotación minera.
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Cuando la minería británica se tragó un pueblo entero
La historia de Río Tinto no comienza con los británicos. En 1725, durante el reinado de Felipe V, la Corona española rehabilitó las minas de la mano del ingeniero sueco Liebert Wolters. Por entonces, el subsuelo era propiedad estatal —lo que se conocía como “quinto real”—, y nadie podía extraer metales sin autorización real. Fue la administración quien decidió reactivar unas minas que llevaban siglos dormidas desde el fin de la explotación romana.
Durante más de un siglo, la explotación se mantuvo bajo control estatal, con algunos arriendos a particulares. El cambio definitivo llegó en 1873, cuando la I República española vendió por 93 millones de pesetas no solo los derechos mineros, sino también “el suelo y el espacio aéreo”. La puja fue tan poco competida que nadie más presentó oferta. Así nació la Rio Tinto Company Limited, y con ella llegaron los ingenieros, los técnicos y las costumbres británicas.
El pueblo creció aceleradamente. Durante su apogeo bajo administración inglesa, Río Tinto superó los 10.000 habitantes. Sus viviendas contaban con electricidad y bañeras cuando ambas cosas eran lujos imposibles en la España rural. Alrededor del núcleo minero se levantó Bella Vista, un barrio de casas victorianas que replicaba la arquitectura londinense, junto a la aldea de La Naya, donde incluso se construyó una iglesia evangélica y un sistema de tratamiento de residuos fecales.
Pero la mina, voraz, no dejaba de expandirse. Durante un siglo fue devorando sus alrededores, aldea por aldea. Finalmente, entre 1984 y 1986, los estériles (la piedra sin cobre ni plata) sepultaron el pueblo completo. Sus habitantes fueron trasladados poco a poco a la vecina localidad de Minas de Riotinto, que hoy sobrevive con apenas 3.698 personas.
El primer gol que España no vio llegar
Lo que muchos olvidan es que Río Tinto también fue pionera en fútbol. El 16 de agosto de 1873, coincidiendo con las fiestas de San Roque, se disputó en la localidad un partido que la Federación Española de Fútbol reconoce como el primero jugado en territorio español. Los británicos trajeron consigo sus deportes: cricket, golf, lawn-tenis y el balón que en España aún no tenía nombre.
Fue el médico escocés William Alexander Mackay quien impulsó el juego. Llegó a Huelva en 1883 llamado por su hermano mayor, también médico en la mina. Mackay organizaba partidos como terapia para sus pacientes mineros antes de fundar, junto al gerente de la gasística local Charles Adam, el Recreativo de Huelva en 1889. Este club es reconocido hoy como el decano oficial del fútbol nacional.
Al principio, los onubenses quedaron desconcertados viendo a ingleses corriendo en pantalón corto. Hubo madres que apartaban a sus hijos de la zona. Pero la resistencia cedió cuando los propios mineros españoles comenzaron a pedir participar. En 1878 nació el Riotinto English Club, semilla del Rio Tinto FC.
No obstante, esta primacía sigue siendo disputada. Historiadores gallegos argumentan que técnicos del Cable Inglés en Vigo jugaban fútbol desde 1873, incluso antes que Río Tinto. Un coleccionista de Vilagarcía de Arousa suma su propia hipótesis: marineros del buque Go-Go jugaban con balón al arribar en 1873. La disputa es tan viva que en 2023, cuando un video viral reivindicó a Vigo, la cuenta oficial del Recreativo respondió sin titubear: “CUNA DEL FÚTBOL EN ESPAÑA.”
Un legado que trasciende el tiempo
La mina de Río Tinto sigue activa. En el primer trimestre de 2026 produjo 9.939 toneladas de cobre según Atalaya Mining. Hoy el parque ferroviario es visitable: por 26 euros es posible acceder al museo minero, recorrer la antigua casa 21, pasear por el ferrocarril minero y entrar a la Corta Atalaya durante un tour de seis horas.
Hay un detalle que añade ciencia ficción a esta historia: la NASA utiliza el paraje como banco de pruebas para vehículos como el Curiosity antes de enviarlos a Marte. El parecido químico del territorio con el planeta rojo hace del lugar un simulador natural. El río que da nombre al pueblo debe su coloración rojiza al agua de alta acidez y la concentración de metales como hierro y cobre, un paisaje que parece sacado de otro mundo.
Pero hay un lado más oscuro que no debe olvidarse. El 4 de febrero de 1888, el Ejército español disparó contra mineros y familias que protestaban por los humos tóxicos de las teleras a cielo abierto. La compañía reconoció 45 muertos; la tradición local eleva la cifra a más de 300. Aquello se considera la primera protesta ecologista de España, un acto que la explotación minera respondió con balas.
Con información de Xataka.



