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El ruso que eligió una cueva en Granada y vivió un siglo de historias

El ruso que eligió una cueva en Granada y vivió un siglo de historias

Vasili Lukianov llegó a la costa granadina en 1921 huyendo de la revolución rusa y decidió quedarse. Vivió 44 años en una cueva, ayudó a pescadores y agricultores, y fue testigo de uno de los momentos más oscuros de la Guerra Civil española. Hoy, más de seis décadas después de su muerte, un pueblo entero sigue honrando su memoria.

Índice
  1. Un desertor que eligió quedarse
  2. Testigo involuntario de la tragedia
  3. Una playa sin nombre oficial
  4. Un recuerdo que no se olvida

Un desertor que eligió quedarse

Los detalles de cómo Vasili Lukianov llegó a La Rábita no son claros. Lo que los archivos dicen es que un teniente y músico militar del ejército del zar desembarcó en Málaga y, en algún momento entre 1921 y 1933, decidió no seguir. Las versiones hablan de una deserción desde un buque atracado en el puerto malagueño — aunque las fechas y los detalles varían según la fuente.

Lo cierto es que Lukianov, nacido en 1891, no volvió a moverse de allí. Se instaló en una cueva de difícil acceso, junto a un manantial de agua dulce que todavía hoy fluye sobre una pila natural teñida de ocres. Él mismo abrió a mano el sendero que baja hacia la playa y levantó una pequeña fuente que resistió el siglo que pasó después.

Los vecinos lo recordaban como un hombre de aspecto bohemio y culto. Vivía entre la cala y el pueblo, intercambiando trabajo por comida: ayudaba a los pescadores a tirar de las redes y a los agricultores en la tierra. Pasó más de cuatro décadas convertido en una especie de ermitaño con oficio, integrado en la comunidad pero siempre manteniendo cierta distancia.

Testigo involuntario de la tragedia

La cueva de Lukianov estaba ubicada justo encima de la carretera que unía Málaga con Almería. En febrero de 1937, esa ruta se convirtió en el escenario de la Desbandá: la huida masiva de civiles bombardeados tras la caída de Málaga en manos franquistas.

El éxodo comenzó el 7 de febrero. Entre 120.000 y 300.000 personas (las estimaciones varían según la fuente histórica) marcharon por la N-340 hacia Almería, muchas de ellas de noche, guiadas por la luna llena. Los cruceros Canarias, Baleares y Almirante Cervera bombardeaban la columna con apoyo de la aviación italiana y alemana. Durante siete días, una riada interminable de gente pasó frente al refugio del ruso, por la curva que los lugareños llamaban el Marroquín.

Lukianov documentó lo que vio. Su testimonio, recogido años después en un libro sobre la historia de La Rábita, describía esa hilera de 30 kilómetros de personas. Sus palabras coincidieron con otros relatos de la época, incluido el del médico canadiense Norman Bethune, quien montó transfusiones de sangre para los huidos desde una ambulancia. En 2025, el Estado español declaró la ruta Lugar de Memoria Democrática.

Una playa sin nombre oficial

Los mapas oficiales llaman Lance Nuevo a la cala donde Lukianov vivió. Pero nadie en La Rábita la conoce por ese nombre. Hace casi un siglo que es la Playa del Ruso, y así seguirá siendo.

Es una playa pequeña — apenas 200 metros de largo por 24 de ancho — formada realmente por dos calas unidas por una lengua de arena, flanqueadas por el acantilado del Dragón y el peñón del Muerto. El acceso a pie es empinado: un sendero de tierra que baja desde la carretera hacia La Rábita. Por mar se llega en unos 800 metros en kayak desde el pueblo. No hay chiringuitos ni sombrillas de colores, solo rocas, arena oscura y el sonido del agua dulce del manantial peleando contra el salitre mediterráneo.

Los manantiales que bajan de los acuíferos de Lújar y la Contraviesa hacen que el agua sea especialmente valiosa en esta zona. En el extremo oeste, el agua sulfurosa sale a entre 25 y 30 grados centígrados — un oasis donde descansan las gaviotas, incluida la especie amenazada de Audouin. Desde hace décadas es, además, playa naturista.

Un recuerdo que no se olvida

Lukianov murió en 1965, a los 74 años. Descansa en el cementerio de La Rábita, aunque en la playa hay un monolito que marca su memoria. Y más de seis décadas después, sigue siendo una de las figuras más queridas del pueblo: en su tumba todavía aparecen flores frescas que nadie reclama haber dejado.

En 2025, el Ayuntamiento de Albuñol decidió mejorar el acceso a la playa con escalones, barandas de madera y rellanos — un proyecto que sufrió algunos inconvenientes cuando ladrones se llevaron geranios, palmeras y maderas de las obras. La alcaldesa pedánea, Rosi Montes, defendió el proyecto como una apuesta personal por mantener vivo el legado del ruso.

La inauguración oficial se ejecutó el 7 de junio de 2025, el día en que Lukianov habría cumplido 134 años. Es el tipo de detalle que solo una comunidad que realmente recuerda a alguien se toma la molestia de conmemorar.

Con información de Xataka.

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