Italia acaba de demostrar qué pasa cuando una crisis carcelaria crónica se encuentra de frente con un verano histórico. El resultado: 65.000 personas recluidas en instalaciones pensadas para apenas 46.000, en edificios antiguos sin aire acondicionado, mientras las temperaturas superaban los 50°C en algunas zonas.
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Un sistema colapsado antes del calor
El problema no empezó en julio de 2026, pero el termómetro lo hizo evidente. Según datos de Antigone, la organización que monitorea condiciones penitenciarias en Italia, la ocupación real alcanzaba el 139,7% al 28 de julio — la cifra más alta desde 2013, año en el que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ya había condenado a Italia por condiciones inhumanas y degradantes.
Pero esas cifras nacionales esconden territorios de crisis absoluta. Lucca funcionaba al 256,8% de capacidad, San Vittore en Milán al 223,6%, y Latina al 220,8%. En Taranto, región de Apulia, la prisión albergaba 852 personas cuando estaba diseñada para 430.
El paisaje físico tampoco ayudaba. Alrededor del 40% de las cárceles italianas fueron construidas entre 1980 y 1999, con estructuras de hormigón que acumulan calor durante el día y lo liberan lentamente durante la noche. Muchas carecen de ventilación adecuada, y algunas tienen ventanas parcialmente bloqueadas que cierran aún más el flujo de aire.
Cuando 50°C se convierte en la temperatura normal
El verano de 2026 fue el más caluroso en Italia en 75 años. Dentro de las celdas, las temperaturas superaron regularmente los 40°C, y en Taranto, según denuncias del sindicato de funcionarios SAPPE, algunas zonas alcanzaron 50°C o más desde junio.
Dormir dejó de ser dormir. En cárceles como Rebibbia en Roma o Bancali en Sassari, algunos reclusos pusieron los colchones directamente en el piso porque el hormigón frío era preferible a las literas. En Rebibbia, eso significaba compartir espacio con plagas. En el módulo femenino del mismo centro, cinco mujeres convivían en celdas diseñadas para tres.
Fabio Falbo, encarcelado en Rebibbia desde hace 17 años, resumió la inutilidad del ventilador que le proporcionaron con una frase contundente: el aparato no refrescaba, solo movía aire caliente como si viniera de un horno industrial. Peor aún: muchos presos no podían siquiera costear un ventilador.
Una respuesta insuficiente
La administración penitenciaria destinó 920.000 dólares a comprar ventiladores y refrigeradores. Descartó por ahora instalar aire acondicionado en las celdas. La ironía es que mover aire caliente en una habitación recalentada genera un efecto cosmético, no una solución real.
El problema trascendió la temperatura. El hacinamiento ya limitaba el acceso a duchas, interrumpía programas de rehabilitación y sometía a funcionarios a turnos de hasta 12 horas en condiciones cada vez más tensionadas. Cuando llegó el calor extremo, simplemente aceleró todas las fracturas del sistema.
El costo humano invisible
Entre enero y julio de 2026, al menos 38 personas se suicidaron en prisiones italianas. Antigone registra una media de 26,5 episodios de autolesión por cada 100 reclusos, mientras que deficiencias graves en atención psicológica y psiquiátrica son la norma. Desvanecimientos, comportamientos agresivos y malestar físico se multiplicaron durante los episodios de calor.
El cierre veraniego de actividades educativas y voluntarias dejó más horas muertas dentro de celdas donde, en el 44% de los centros visitados por Antigone, los espacios tienen menos de los tres metros cuadrados mínimos por persona. El calor no causa las crisis de salud mental por sí solo, pero añade presión a un sistema donde estar encerrado ya es sobrevivir.
Italia metió progresivamente más cuerpos en edificios sin espacio suficiente durante años. El verano de 2026 solo convirtió esa negligencia en algo visceral: cuando casi 65.000 personas ocupan instalaciones para 46.000, una ola de calor extremo deja de ser una molestia ambiental y se convierte en un factor de riesgo para la vida.
Con información de Xataka.
