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La genética revoluciona lo que creíamos saber sobre las mujeres prehistóricas

La genética revoluciona lo que creíamos saber sobre las mujeres prehistóricas

Durante décadas, la arqueología nos vendió una película demasiado simple: hombres cazadores, mujeres al cuidado de la prole. Pero el ADN está contando una historia completamente distinta, y lo que emerge es un pasado mucho más diverso de lo que imaginábamos.

La culpa de ese relato parcializado tiene nombre: androcentrismo. Los arqueólogos interpretaban el registro fósil a través de sus propios sesgos, asumiendo que determinadas herramientas o roles debían pertenecer a hombres. Fue un error de método, no de descubrimiento. Lo interesante es que ahora, con herramientas de análisis genético que antes no existían, la disciplina está siendo forzada a reescribirse a sí misma.

Índice
  1. Cazadoras que no eran la excepción
  2. El poder político no era monopolio masculino
  3. Sociedades matrilocales: el hogar como centro de poder
  4. ¿Qué sigue?

Cazadoras que no eran la excepción

El primer gran quiebre en este paradigma viene de los Andes peruanos. Hace alrededor de 9.000 años, una joven fue enterrada con herramientas diseñadas para cazar animales grandes. Los investigadores lo confirmaron mediante análisis proteómico y osteológico: definitivamente era una mujer. Pero lo verdaderamente revelador no fue ese caso aislado, sino lo que vinieron después.

En el mismo contexto cultural, arqueólogos identificaron 27 individuos enterrados con equipo de caza. De esos, 16 eran hombres y 11 eran mujeres. Eso significa que las cazadoras no fueron rarezas de la naturaleza, sino participantes normales en la economía de subsistencia. Cambia todo cuando ves los números.

El poder político no era monopolio masculino

Más allá de la caza, la genética ha destapado algo aún más incómodo para los viejos relatos: que las mujeres ocuparon posiciones de autoridad. En Birka, Suecia, apareció un enterramiento que durante años fue catalogado automáticamente como guerrero varón. Cuando los investigadores secuenciaron el ADN, los cromosomas XX dijeron otra cosa. Era una mujer, y estaba enterrada con armas y equipo militar que claramente indicaba estatus.

Aquí es donde conviene ser cuidadosos: confirmarem que una mujer tenía cromosomas XX no prueba automáticamente que ella misma combatiera o comandara tropas. Pero sí prueba que la sociedad le atribuyó suficiente autoridad como para darle ese tipo de entierro. Eso ya es bastante.

Los celtas de la Edad del Hierro ofrecen otro ángulo. El análisis genético de sus élites mostró que no existía un modelo universal de herencia exclusivamente masculina. Algunas mujeres integraban los linajes dominantes y jugaban un papel clave en la continuidad del poder mediante sucesión dinástica. No eran figurantes en la política; eran engranajes esenciales.

Sociedades matrilocales: el hogar como centro de poder

Çatalhöyük, en lo que hoy es Turquía, ofrece quizá el ejemplo más claro de cómo la prehistoria podía organizarse de maneras que desconocemos. Este asentamiento neolítico fue excavado científicamente, y los investigadores obtuvieron genomas completos de 131 individuos enterrados bajo las viviendas.

Lo que los datos revelaron fue fascinante: las conexiones genéticas dentro de una misma casa se establecían predominantemente a través de la línea materna. Las hijas se quedaban en el hogar materno entre el 70 y el 100 por ciento de las veces. Eso no es casualidad. Es un patrón de residencia matrilocal, una estructura donde las mujeres no solo eran el centro del hogar, sino donde el hogar era el centro del poder económico y social.

Para dimensionar por qué esto importa: significa que hubo comunidades donde el linaje, la herencia y probablemente la transmisión de conocimiento pasaba de madres a hijas, no de padres a hijos. Una visión completamente invertida respecto a lo que los manuales tradicionales nos enseñaron.

¿Qué sigue?

Esta reescritura de la prehistoria no es un pendiente académico menor. Cuando reinterpretamos el pasado, también reinterpretamos las narrativas que justifican el presente. Durante siglos nos dijeron que la subordinación de la mujer era “natural”, que venía de lejos. La genética está mostrando que eso es falso. La diversidad fue la norma. Hubo cazadoras, líderes militares, matriarcas de linaje. Hubo también, probablemente, sociedades más patriarcales. Lo que no hubo fue una sola forma “natural” de organizar la sociedad.

Quedan muchas preguntas sin responder: ¿cuáles fueron las causas de esos cambios en la organización social? ¿Qué aceleró la transición hacia sistemas más patriarcales? ¿Cuánta diversidad aún desconocemos? La genética nos abrió una puerta, pero apenas estamos entrando en la habitación.

Con información de Xataka.

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