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Lana de oveja vs. deshielo: el experimento suizo que sorprendió

Lana de oveja vs. deshielo: el experimento suizo que sorprendió

Lo que comenzó como una idea arriesgada de cuatro estudiantes suizos terminó siendo una lección de física básica aplicada a la crisis climática. En junio de 2026, envolvieron 200 metros cuadrados de un glaciar alpino con lana de oveja y, cuando llegó septiembre, los números hablaban solos: frenaron el deshielo casi tanto como el plástico que lleva protegiendo la nieve durante décadas.

Índice
  1. La idea que nadie se esperaba
  2. Cuando la naturaleza supera las expectativas
  3. Por qué la lana funciona
  4. El problema del material sobrante
  5. Las limitaciones que nadie oculta
  6. Preguntas que quedan sin responder

La idea que nadie se esperaba

Maxime Galley, Elliot Gaffiot, José Bastidas y Léonard Duloube no inventaron las cubiertas para glaciares. Eso ya lo hacen estaciones de esquí de toda Europa desde hace años. Lo que estos estudiantes de máster de la Universidad de Lausana y la Summit Foundation quisieron probar fue algo más radical: reemplazar el geotextil sintético (básicamente, plástico refinado) con un material que llevaba siglos calentando ovejas.

El 22 de junio instalaron dos prototipos en el Tsanfleuron, en Glacier 3000, fabricados por la empresa suiza Fisolan. Cada uno medía 100 metros cuadrados, pero con densidades diferentes: uno de 400 gramos por metro cuadrado y otro de 750. Junto a ellos pusieron una cubierta geotextil convencional para poder comparar directamente qué pasaba debajo de cada material durante el verano alpino.

Cuando la naturaleza supera las expectativas

Nadie sabía con certeza qué ocurriría. La lana tendría que lidiar con humedad constante, vientos de alta montaña, cambios de temperatura bruscos y radiación ultravioleta intensa. Cada dos semanas, el equipo volvía para medir cuánto hielo había desaparecido y revisar el estado del material natural.

Los resultados no solo funcionaron: sorprendieron incluso a sus fabricantes. Las cubiertas sintéticas convencionales reducen el deshielo entre 50% y 70%. La lana de oveja, en su primer verano de prueba, logró cifras prácticamente iguales. La estructura del material se mantuvo intacta, sin desprendimiento significativo de fibras, y su capacidad aislante resultó comparable al plástico.

Por qué la lana funciona

El mecanismo no es complicado. Las mantas actúan como barrera entre el hielo y el ambiente: reducen la radiación solar directa y dificultan el intercambio de calor con el exterior. Pero la lana añade una cualidad extra que el poliéster no tiene: sus fibras atrapan aire naturalmente, formando capas aislantes que ralentizan la transferencia de calor.

Un beneficio adicional que nadie esperaba con tanta claridad: la lana puede absorber humedad sin perder inmediatamente su grosor. En un glaciar donde llueve y el propio deshielo genera agua constante, eso es crucial. El geotextil sintético, por su lado, se empieza a degradar bajo la lluvia ácida y la radiación UV, desprendiendo microplásticos que el agua arrastra montaña abajo hacia los ecosistemas.

El problema del material sobrante

Suiza cría ovejas principalmente por carne, leche y mantenimiento del paisaje. La lana es un subproducto de escaso valor. Las estimaciones del proyecto Keep It Wool sugieren que entre 40% y 70% de la lana suiza termina desechada, compostada o incinerada cada año. Conectar dos problemas a la vez —un material local sin mercado y la contaminación plástica de los glaciares— era exactamente el tipo de solución elegante que buscaban los estudiantes.

Las limitaciones que nadie oculta

Aquí es donde el entusiasmo choca con la realidad. Actualmente, los geotextiles protegen apenas el 0,02% de la superficie glaciar suiza y conservan unos 300.000 metros cúbicos de nieve al año. Las pérdidas anuales de hielo rondan los 1.000 millones de metros cúbicos. Escalar esta solución a un nivel capaz de modificar significativamente el retroceso de los glaciares costaría más de 1.500 millones de dólares y, además, seguiría sin resolver el aumento de temperaturas que causa su desaparición.

La lana tiene sentido para pistas de esquí, estaciones de remontes y áreas pequeñas donde conservar nieve es operativo. No como gigantesca manta climática, al menos no todavía.

Preguntas que quedan sin responder

El experimento de 2026 es apenas un primer paso. Falta comprobar cómo envejece la lana después de sucesivos ciclos de congelación, lluvias intensas y vientos fuertes. También hay que calcular el costo de mantenimiento, el impacto ambiental completo (incluyendo lavado, procesado y transporte) y si realmente compensa como solución a escala.

Pero la imagen que dejó ese primer verano —cuatro estudiantes extendiendo un material que llevaba milenios abrigando humanos sobre hielo milenario— sugiere que a veces la respuesta más sofisticada a un problema complejo ya existe en la naturaleza. Solo falta el coraje para intentarlo.

Con información de Xataka.

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