En 2004, el PSOE prometió convertir la vieja carretera nacional N-120 entre Ponferrada y Ourense en una autovía moderna. Hoy, a principios de 2026, los conductores siguen circulando por esa ruta peligrosa de hace dos décadas, sin que exista ni un kilómetro de la A-76 en funcionamiento.
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La promesa que envejeció
Lo que comenzó como un compromiso de campaña electoral terminaría siendo incluido en el Plan Estratégico de Infraestructuras y Transporte (PEIT 2005-2020). Los números eran claros: 150 kilómetros separan ambas ciudades por una nacional que convierte un viaje en más de dos horas de recorrido agotador. La solución parecía sencilla en el papel.
Para 2013, según los cronogramas originales, los estudios informativos deberían estar listos. Una década después, en 2018, la obra completa debería estar funcional. Eso fue hace ocho años.
Dónde pasar la carretera: un debate que paralizó todo
El verdadero cuello de botella no fue el dinero ni la tecnología. Fue decidir simplemente por dónde pasar la autovía. En 2006, los estudios preliminares propusieron cuatro trazados diferentes. Dos pasaban por Monforte de Lemos antes de llegar a Ourense. Una tercera opción desviaba el trazo hacia El Bierzo, en León, donde la esperanza de combatir la despoblación rural movilizó a 4.000 personas en una cadena humana en 2007. La última alternativa proponía salir desde Lugo y atravesar la Ribeira Sacra.
No fue hasta 2008 cuando se decidió el trazado definitivo: Ponferrada hacia Monforte de Lemos y luego a Ourense. Pero esa decisión no cerró las discusiones. Al contrario, los abrió más.
Cuando la burocracia triunfa sobre la infraestructura
Una vez definido el trazado, llegaron los informes ambientales, las alegaciones y los estudios de impacto. Los números hablan por sí solos: se acumularon 14.000 alegaciones durante los procesos de consulta pública. Muchas de ellas, legítimas, pedían que la carretera no atravesara la Ribeira Sacra por motivos de conservación medioambiental.
Los años pasaron. 2013 llegó sin estudios listos. 2018 llegó sin obra iniciada. Para cuando alcanzó 2018, muchos de los permisos y adjudicaciones ya estaban caducados por lo prolongado de los procesos. Hubo que empezar de nuevo, desde cero, en buena medida.
El presente: apenas movimiento
La A-76 está prevista dividirse en 12 tramos para su construcción. Hasta hace apenas unos meses, en mayo de 2026, solo uno había sido adjudicado: un segmento de 6,24 kilómetros entre Villamartín de la Abadía y Requejo, con un presupuesto de 133 millones de euros asignado. Para contexto: es menos del 5% de la obra total y apenas el 4% del proyecto.
¿Cuándo estarán listos los otros 11 tramos? No hay fecha oficial. Nadie quiere comprometerse después de dos décadas de promesas incumplidas. Y es comprensible: hablar de plazos cuando llevamos 22 años sin construir un metro es sencillamente arriesgado políticamente.
El patrón que se repite
España no es ajena a este tipo de proyectos infraestructurales congelados. La A-11, concebida en los años 90 para cruzar Castilla y León, lleva tres décadas siendo apenas una promesa. La M-501 en Madrid acumula su propio historial de bloqueos burocráticos. Parecería que hay un patrón: proyectos ambiciosos, decisiones lentas, conflictos medioambientales legítimos que ralentizan todo, y finalmente, un olvido institucional de bajo perfil.
Lo irónico es que los conductores siguen circulando por la N-120 original, probablemente más inseguros que si la autovía hubiera estado lista una década atrás. Mientras tanto, otros países han construido y ampliado redes de infraestructura en menos tiempo. La A-76 es un recordatorio incómodo de cómo la falta de decisión y la complejidad burocrática pueden convertir una idea sensata en un proyecto fantasma que envejece sin remedio.
Con información de Xataka.



