EEUU se consuela pensando que su industria de chips no depende tanto de China. Pero los números de las tierras raras cuentan una historia completamente diferente. Mientras que las máquinas para fabricar semiconductores vienen de Países Bajos, Japón o Alemania, los minerales estratégicos que hacen posible esa fabricación están bajo el control casi absoluto de Pekín.
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Dónde termina la independencia estadounidense
La industria de semiconductores en Estados Unidos invierte miles de millones de dólares anuales en equipos especializados: máquinas de fotolitografía, equipos de procesamiento de wafers, y herramientas de inspección. En ese sentido, la dependencia de China es mínima, apenas el 1% cuando miramos directamente quién fabrica estas máquinas.
Pero hay una trampa en ese número. Si rastreamos dónde se producen realmente estos equipos —no solo dónde está la sede de sus fabricantes—, la participación china sube al 5%. Y si incluimos todo el sudeste asiático, trepamos al 10%. El problema es que esta métrica sigue enfocada en las máquinas. Nadie fabrica chips solo con máquinas.
Las tierras raras: el punto débil real
Para convertir arena de silicio en un circuito integrado se requieren decenas de materiales especializados. Algunos son comunes; otros son extremadamente escasos. Y cuando son escasos, casi siempre hay un productor dominante. En años recientes, China ha extraído aproximadamente el 69% de las tierras raras del total mundial, según datos del Servicio Geológico de Estados Unidos.
Esa cifra es preocupante. La que viene después es aterradora.
China también controla la industria del procesamiento de tierras raras, es decir, los pasos químicos y metalúrgicos necesarios para convertir el mineral bruto en material utilizable en la fabricación de semiconductores. Su dominio en este segmento alcanza el 90% del mercado global. Esto significa que incluso si EEUU lograra aumentar su propia extracción de tierras raras (algo difícil por razones ambientales y de rentabilidad económica), seguiría siendo dependiente de China para procesarlas.
Una ventaja que Pekín ha usado como arma
No es solo una posición de mercado. En los últimos años, China ha demostrado estar dispuesta a usar esta supremacía como herramienta de presión política. Ha limitado exportaciones, subido precios, y generado incertidumbre en las cadenas de suministro de sus rivales geopolíticos.
La vulnerabilidad no es exclusiva de EEUU. Taiwan, Corea del Sur y Japón enfrentan el mismo problema. Pero para Washington es especialmente delicado: está buscando reforzar su independencia tecnológica justo cuando más depende de Beijing para acceder a componentes que considera estratégicos.
Reconstruir desde cero
Reducir la dependencia de China en semiconductores requiere más que trasladar fábricas de un lado a otro. EEUU enfrenta un problema estructural que obliga a reconstruir casi completamente su cadena de suministro en materiales críticos. Eso implica inversiones masivas en minería doméstica, nuevas plantas de procesamiento, y diversificación de proveedores en aliados como Australia. Todo eso toma años, cuesta miles de millones, y enfrenta limitaciones ambientales y de viabilidad económica que no son triviales.
Mientras tanto, cada transistor que fabrica un computador estadounidense, cada chip que alimenta una inteligencia artificial en Silicon Valley, depende de una sartén que China no piensa soltar.
Con información de Xataka.
