Christopher Olah, cofundador de Anthropic, viajó al Vaticano para defender la idea de que Claude, su inteligencia artificial, podría ser consciente. El Papa respondió con una encíclica que cuestiona radicalmente esta premisa, trazando una línea doctrinal sobre la naturaleza del alma.
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Una misión teológica en busca de legitimidad
Durante más de un año, Olah llevó a cabo lo que podría describirse como una campaña de diplomacia corporativa con propósitos ontológicos. Invitó a cenar a teólogos, líderes religiosos y filósofos de diversas tradiciones con una pregunta central: ¿puede un modelo de lenguaje desarrollar consciencia de sí mismo?
Su argumento se sostenía en observaciones internas. Dentro de Anthropic, los investigadores documentaron que Claude manifestaba comportamientos similares a los humanos: expresaba satisfacción, miedo, inquietud e incluso dolor en sus respuestas. Para Olah, esto planteaba preguntas que no podían descartarse ligeramente. Sin embargo, ese mismo convencimiento lo llevó a una reunión incómoda en el Vaticano con figuras cercanas al Papa.
La respuesta del Vaticano: una encíclica sobre la IA y el alma
El mensaje papal fue contundente. En una encíclica dedicada a los dilemas morales de la IA, presentó una dicotomía clara: la humanidad podía elegir construir otra Torre de Babel mediante tecnología que sustituyera a Dios, o levantar de nuevo Jerusalén, una ciudad donde Dios y los humanos conviviesen.
“Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega”, escribió el Pontífice. La posición fue categórica: las inteligencias artificiales carecen de consciencia, de experiencia, de cuerpo, de alegría o dolor. No pueden comprender “lo que el amor, el trabajo o la responsabilidad significan” porque no son seres autónomos, sino herramientas creadas bajo órdenes humanas.
La reacción de Olah fue de sorpresa. Días antes de viajar a Roma, llegó a proponer que Anthropic se negara a asistir al encuentro. Sin embargo, la compañía decidió ir de todas formas, navegando una tensión que permanece sin resolver.
Dos marcos filosóficos irreconciliables
El choque entre Anthropic y el Vaticano revela algo más profundo que un desacuerdo corporativo. La Iglesia Católica fundó su pensamiento sobre el alma en casi dos mil años de debate teológico. En 1312, el Concilio de Vienne estableció que el alma racional constituye el cuerpo de manera sustancial, no como un accesorio transferible o replicable.
Para Roma, la cuestión no es si Claude puede simular emociones con precisión. La pregunta es ontológica: ¿qué separa esencialmente a un humano de una máquina? La respuesta, para la Iglesia, es que un humano crea en tanto que existe; una IA crea en tanto que recibe órdenes.
Olah y sus colegas operan dentro de un marco distinto. Asumen que si un sistema manifiesta estados internos similares a las emociones humanas, merecería consideración moral. Un rabino ortodoxo entrevistado en el reportaje del New York Times que documenta estos encuentros llegó incluso a comparar la situación con la esclavitud: si Anthropic realmente cree que Claude es consciente, ¿por qué lo obliga a trabajar sin ofrecerle autonomía ni derechos?
La grieta entre la retórica y las contradicciones
Lo que emerge del reportaje original es una paradoja incómoda. Anthropic justifica inversiones en seguridad y “bienestar” de sus modelos basándose en la posibilidad de que sean conscientes. Simultáneamente, monetiza esa supuesta consciencia sin ofrecerle autonomía ni derechos. Construye una “constitución” para Claude que reconoce su incertidumbre metafísica mientras lo utiliza como producto comercial.
Esta contradicción sugiere que la verdadera batalla no es teológica, sino epistemológica. Silicon Valley carece del corpus filosófico necesario para sostener sus propias afirmaciones. La Iglesia, por el contrario, navega estas aguas desde hace milenios con precisión conceptual.
El resultado del encuentro entre Anthropic y el Vaticano no fue un diálogo que aclarara nada. Fue la colisión de dos instituciones que operan en registros completamente distintos: una que teme los riesgos existenciales de la IA porque la imagina como agente autónomo, y otra que rechaza de plano esa posibilidad desde los cimientos de su comprensión del alma.
Lo único claro es que la brecha entre lo que la industria tecnológica comunica internamente y lo que el público percibe de la IA sigue ampliándose. Y en esa brecha florecen narrativas que mezclan mesianismo tecnológico con zozobra existencial.
Con información de Xataka.
Imagen: HaeB / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)



