Suena contradictorio: el 96,3% de los adultos en Colombia posee al menos un producto financiero digital, pero el dinero sigue comportándose como si viviéramos en el siglo pasado. El 95% de las transferencias digitales ocurre dentro de un mismo banco, y en las calles seguimos viendo colas en cajeros automáticos. ¿Qué falta entonces?
La cifra es reveladora de un problema más profundo que el simple acceso a una cuenta. Tener un número de cuenta no es lo mismo que tener libertad financiera. En Colombia, aunque la bancarización llegó a niveles históricos, el sistema sigue fragmentado: los bancos retienen a sus clientes como si cada institución fuera una isla.
El punto crítico está en cómo se mueve el dinero. Cuando un usuario de un banco quiere enviar recursos a un cliente de otro banco, todo pasa por canales heredados, lentos y costosos. Por eso, para muchos colombianos, sigue siendo más fácil sacar plata en efectivo y entregarla en mano. O resolver las cosas con otras plataformas digitales que crecieron precisamente para llenar este vacío.
La trampa de estar dentro pero no conectado
Tener cuenta digital es apenas el primer paso. El verdadero cambio ocurre cuando esas cuentas pueden hablar entre sí sin intermediarios engorrosos. En Colombia, ese puente todavía no existe en el nivel que debería.
Los pagos abiertos (open banking) son la respuesta técnica a este problema. La idea es simple: permitir que cualquier aplicación o prestamista acceda de manera segura a la información y al dinero del cliente sin pasar por el banco. Es como abrir las puertas de la bóveda para que otros actores puedan ofrecer mejores servicios sobre tu propio dinero.
En otros mercados, esto ya es realidad. En Colombia, aún estamos en los primeros pasos. La regulación está en construcción, y aunque los bancos hablan de innovación, muchos prefieren mantener su control sobre los clientes. Porque, al final, el dinero atrapado es también dinero rentable: comisiones por transferencias, tasas por no movimiento, control sobre quién puede acceder a qué.
¿Qué cambiaría de verdad?
Con pagos abiertos reales, un colombiano podría comparar tasas de crédito en tiempo real entre bancos sin tener que abrir múltiples cuentas. Podría darle permiso a una aplicación para que maneje automáticamente sus ahorros entre instituciones buscando la mejor rentabilidad. O pedir un préstamo donde el banco ve en segundos tu flujo de caja real, no solo tu historial crediticio.
Para negocios, las implicaciones son mayores. Un vendedor ambulante con celular podría recibir pagos de cualquier cliente, en cualquier banco, sin pagar comisiones prohibitivas. Las pequeñas empresas tendrían acceso a crédito basado en datos reales de ventas, no en garantías que no tienen.
Pero el camino no es automático. Requiere que los bancos colaboren en algo que va contra sus intereses inmediatos: soltar el control. También necesita regulación clara, infraestructura de seguridad sólida y, sobre todo, que Colombia acelere un cambio que otros países ya completaron hace años.
Por ahora, la paradoja sigue: tener cuenta digital pero vivir como si el efectivo fuera lo único real. El cambio vendrá, pero será a paso colombiano.
Con información de Enter.co.
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