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Karl Deisseroth ganó el Nobel de Medicina por algas que controlan neuronas

Karl Deisseroth ganó el Nobel de Medicina por algas que controlan neuronas

Tres investigadores ganaron el Nobel de Medicina por descubrir cómo usar proteínas de algas microscópicas para encender y apagar neuronas específicas del cerebro con pulsos de luz. Lo que comenzó como un hallazgo en los años 90 se convirtió en optogenética, una técnica que ya permite que personas ciegas por retinitis pigmentosa recuperen parcialmente la visión.

Índice
  1. La idea que parecía imposible
  2. Cuando un alga cambió todo
  3. Del alga al ratón, del ratón al cerebro humano
  4. De la teoría a la recuperación de la vista
  5. Por qué importa este Nobel

La idea que parecía imposible

A finales de los años 70, el neurocientífico Francis Crick planteó una pregunta que suena simple pero era revolucionaria: ¿cómo podríamos intervenir en el cerebro con suficiente precisión para entender realmente qué hace qué? Los métodos existentes eran lentos, imprecisos e impracticables. Crick imaginó que la solución podría ser la luz: si lograra encender y apagar tipos específicos de neuronas ultrarrápidamente, podría establecer relaciones de causa y efecto que hasta entonces eran invisibles. La mayoría pensó que era ciencia ficción.

Cuando un alga cambió todo

La respuesta no vino de un laboratorio de punta sino de microalgas. A principios de los años 90, Peter Hegemann estudiaba un fenómeno simple: cómo una alga verde llamada Chlamydomonas reinhardtii se orienta hacia la luz para nadar. Descubrió algo extraordinario. La reacción de estas algas a la luz era increíblemente rápida, con una latencia de apenas microsegundos, mucho más veloz que cualquier cascada bioquímica conocida en la visión animal.

Eso le indicó a Hegemann que en el alga había algo diferente: el fotorreceptor y el canal iónico que permitía esa reacción rápida debían estar acoplados en una única proteína. Su equipo trabajó durante años hasta que, a principios de los 2000, logró identificar las secuencias genéticas responsables. Habían encontrado la proteína que Crick imaginó décadas atrás: canalrodopsina.

Del alga al ratón, del ratón al cerebro humano

El siguiente paso parecería imposible: si el alga tuviera esa proteína, ¿podrían insertarla en neuronas de mamífero? Karl Deisseroth se hizo exactamente esa pregunta en su laboratorio. Logró que neuronas de ratón sintetizaran canalrodopsina en su superficie usando técnicas de ingeniería genética. Luego, la parte crítica: iluminó esas neuronas con pulsos de luz azul. Las neuronas respondieron con precisión de milisegundos, encendiéndose y apagándose exactamente cuando la luz los activaba.

La técnica fue formalizada con el término optogenética. Pero la técnica seguía siendo teórica. El verdadero salto llegó cuando otros investigadores integraron cables de fibra óptica en el cerebro de animales despiertos y en movimiento, permitiendo iluminar regiones profundas del cerebro sin dañar tejido. De repente, científicos podían controlar funciones como el sueño, las interacciones sociales y la memoria con una precisión nunca antes vista.

De la teoría a la recuperación de la vista

La aplicación clínica que hace que este Nobel sea especialmente relevante llegó recientemente. Un equipo liderado por Botond Roska aplicó optogenética en un paciente ciego por retinitis pigmentosa, una enfermedad neurodegenerativa que destruye los fotorreceptores del ojo. El tratamiento introdujo una variante de canalrodopsina sensible a luz roja, llamada Chrimson, directamente en las células viables de la retina.

El paciente recibió unas gafas especiales de ingeniería que proyectaban pulsos de luz roja hacia sus ojos, activando las células genéticamente modificadas. Por primera vez en mucho tiempo, logró percibir, localizar y distinguir objetos de alto contraste sobre una mesa. Para alguien que vive con una enfermedad degenerativa de la visión, percibir objetos sobre una mesa representa un cambio significativo en la calidad de vida.

Por qué importa este Nobel

El Premio Nobel de Medicina reconoce rara vez hallazgos tan fundamentales en neurociencia. Lo que Deisseroth, Hegemann y Nagel lograron no fue solo resolver un problema clínico específico: abrieron una puerta completamente nueva para investigar y potencialmente tratar enfermedades neurológicas. Con optogenética ahora es posible estudiar qué circuitos cerebrales controlan la depresión, el Parkinson, la epilepsia o el Alzheimer con una precisión que antes era inimaginable.

La ironía del descubrimiento es que su origen fue casual. Una simple alga verde, tan microscópica que el ojo humano no la ve, contiene la llave que Francis Crick imaginó hace décadas para descifrar el cerebro. Eso es lo que celebra hoy el Nobel.

Con información de Xataka.

Imagen: Dippyaman Nath / Unsplash

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